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Los humanos hemos estado conectados con los bosques de algas pardas por más de 16.000 años. Se hipotetiza que estos bosques submarinos ayudaron a las comunidades costeras a migrar desde el noreste de Asia hacia América. Hoy en día, los servicios ecosistémicos que nos entregan las macroalgas pardas a nivel mundial están avaluados entre 465 y 562 mil millones de dólares al año. Estos bosques sostienen múltiples pesquerías, pero también son un recurso en sí mismos, ya que se extraen como materia prima para la obtención de alginatos. Aunque muchos desconocen este producto, es un ingrediente común en nuestra vida diaria: desde el espesante que da textura a tu helado favorito, hasta estabilizadores en la pasta de dientes, e incluso para el cultivo de células madre.
Esta pesquería, al menos desde praderas naturales, está concentrada en pocos países, entre ellos Chile, que representa el 30% de los desembarques a nivel mundial. Por ello, científicos de Chile, Perú y el Reino Unido realizamos una investigación para entender la resiliencia de estos bosques frente a la intensa explotación.

Los bosques de macroalgas pardas están presentes en casi el 28% de las regiones costeras templadas, lo que equivale a cinco veces la superficie de los arrecifes de coral. Son focos de biodiversidad que ofrecen alimento, refugio y zonas de crianza para innumerables especies marinas. Además, contribuyen a la captura de carbono, la producción de oxígeno y la protección costera.
En Chile, el huiro palo (Lessonia trabeculata) domina los fondos submareales rocosos. Esta alga es extraída por buzos-pescadores artesanales que utilizan hooka (buceo semiautónomo) y una técnica llamada “barreteo”, que consiste en arrancar el alga desde su base o disco con una palanca. Si bien este es el método correcto —ya que las algas no vuelven a crecer si solo se cortan—, deja zonas desnudas en el fondo marino. Esto provoca mayor exposición a la luz, genera espacios abiertos para la colonización y aumenta la vulnerabilidad de los juveniles frente a herbívoros como erizos y caracoles. En muchos casos, la recuperación es lenta e incierta, lo que genera preocupación sobre la sostenibilidad de la explotación precise.
Para comprender mejor la recuperación de estos bosques tras la extracción, realizamos un experimento de barreteo en tres sitios del norte y centro de Chile, comparando distintos regímenes de manejo. En Chile, la gestión ocurre principalmente a través de las Áreas de Manejo (AMERB o TURFs), administradas por organizaciones de pescadores que definen cuotas y regulan la extracción. En contraste, las Áreas de Libre Acceso (OA) son zonas con menor regulación y fiscalización.
Durante tres años monitoreamos la recuperación de las algas y su tamaño, así como la presión de herbívoros y la abundancia de depredadores. Observamos que la recuperación es lenta y variable a lo largo de la costa. Sin embargo, en al menos dos de las tres áreas de manejo las algas se recuperaron mejor que en las áreas libres, aunque incluso después de 3,5 años los tamaños fueron pequeños. En cambio, las áreas libres mostraron mayor abundancia de herbívoros, lo que retrasó significativamente la recuperación. Estos resultados subrayan la importancia del equilibrio ecológico y del manejo native para la resiliencia de los bosques de algas.

Este pryecto arrojó luz sobre la compleja ecología que sustenta la recuperación de las algas y los efectos de su extracción a largo plazo. Los hallazgos resaltan la necesidad de ir más allá de las normas actuales y adoptar planes de gestión adaptativos, locales y con fundamento ecológico. El impacto de este trabajo también se reflejó en una reunión multisectorial con pescadores, científicos, ONG y representantes gubernamentales de Chile y Perú, donde se discutieron estrategias como programas de monitoreo, manejo adaptativo y gobernanza inclusiva para asegurar la sostenibilidad de estos ecosistemas marinos.
Los bosques de algas en Chile y Perú son mucho más que una fuente de alginatos: son ecosistemas fundamentales que sostienen la biodiversidad, los medios de vida y la resiliencia climática. A medida que aumenta la demanda mundial por sus productos, también crece la urgencia de gestionarlos con prudencia. La historia de las algas marinas nos recuerda que incluso los productos que encontramos en nuestras casas nos conectan con bosques submarinos lejanos, y que la ciencia, las comunidades y las políticas deben trabajar en conjunto para protegerlos.
Entrada de weblog escrita por Alejandro Pérez Matus
Lea el artículo de investigación completo aquí: https://besjournals.onlinelibrary.wiley.com/doi/epdf/10.1111/1365-2664.70134